La víspera1

Publicación revista Toma


La víspera IMCINE

La maledicencia y el humor populares lo captaron de manera clara: el momento estelar de la política mexicana a lo largo de varias décadas fue el del “destape” del candidato presidencial. Y para que funcionara se requería de un destapador legitimado, capaz de ungir con su dedo a quien sería el Jefe del Estado. Apareció así también “el dedazo”. Atribución de un Presidente (casi) todopoderoso, como cúspide de una pirámide de poder, que encauzó y modeló las pasiones y apetitos políticos y desarrolló un método de sucesión en la presidencia original y eficiente. No era democrático pero permitía mantener “las cosas” en paz, no demandaba participación popular pero aplacaba los instintos guerreros, no estimulaba el debate de plataformas políticas pero evitaba la incertidumbre. Constaba de dos piezas básicas: el dedo y el tapado. El dedo era el del Presidente, el cual nombraba a su sucesor. El tapado era el beneficiado, el relevo en la presidencia, el coronado. Pero nadie sabía con certeza quién era hasta que el presidente emitía su juicio inapelable.

Luego de ello seguía el ritual. Todos los sectores lo proclamaban, los medios le ofrecían una voluptuosa visibilidad pública, los políticos (oficiales) le rendían pleitesía, el candidato se paseaba a lo largo y ancho del país cosechando sonrisas, apretones de manos, solicitudes, genuflexiones, los partidos opositores (más bien testimoniales o germinales, pero en todo caso minúsculos comparados con el Partidazo) clamaban en el desierto. Y así llegaba el día de la elección que no conmovía a nadie: el ganador estaba predestinado y los perdedores también. El protocolo se cumplía y el tapado, luego candidato predestinado a la gloria, por fin, era el Paladín de la Nación, el Patrono, Tutor y Dirigente del país y sus instituciones.

En 1982, Alejandro Pelayo filmó La Víspera. Un largometraje independiente en blanco y negro de 76 minutos de duración. Con actores profesionales trató de recrear el momento previó al destape. Pero no el del presidente, sino el de un candidato (tapado) a una secretaría de gobierno. Porque en efecto, el ritual que se seguía para la designación del jefe del Ejecutivo se reproducía luego entre las legiones de sus colaboradores. En ese año -1982- el expediente tenía vida propia y plena vigencia.

La víspera documentación

Pelayo se aleja de la caricatura, de la simplificación extrema, lo que no le impide arrancar algunas sonrisas cuyo resorte es el patetismo extremo de la situación. El tono de la película es más bien contenido, pausado, frío. Como si se retrataran los usos y costumbres de una comunidad extraña y ajena. Recuerda la sensibilidad del antropólogo que se acerca a su caso de estudio con una cierta mirada crítica pero comprensiva, distante pero fascinada por el descubrimiento de “algo nuevo”.

Pelayo narró el ritual que prevaleció (y prevalece en buena medida) a lo largo de los años. Un régimen presidencial cuyo Poder Ejecutivo encarna en una sola persona con facultades para nombrar, sin intromisión alguna, a su gabinete. Un germen de cine político realista, crítico, irónico, que intentaba develar algunos de los entretelones de la vida política del México de entonces.

Han pasado 30 años y la película merece ser vista. Es ahora un testimonio-ficción de nuestra historia reciente: la época estelar de la hegemonía de un partido y del presidencialismo todopoderoso.

El Tapado y el Dedazo fueron desechados en alguna curva de la historia. Hoy los partidos utilizan diferentes métodos para postular a sus candidatos, pero ninguno de ellos (por lo menos desde el año 2000) tiene garantizada la victoria. Si antes el día estelar de la sucesión presidencial era el del destape ahora el día fundamental es el de la elección. Se escribe fácil pero fueron necesarias movilizaciones diversas, conflictos recurrentes, denuncias públicas, junto con debates y aprobación de cíclicas leyes, construcción de instituciones, reformas sucesivas y comicios periódicos, para que las “cosas” cambiaran.

Pero en efecto, una vez que el Presidente es electo, éste tiene facultades suficientes para nombrar a su equipo de colaboradores por sí y ante sí. Es su magna voluntad la que priva. Nadie, legalmente, puede obstaculizarlo. Y entonces, situaciones como las que recrea La Víspera seguramente no son muy diferentes.

1Editada como DVD por la Filmoteca de la UNAM al cumplirse 30 años de su filmación.


José Woldenberg